El Escándalo de los que se Congregan a Medias

el

Este artículo es una traducción al español del texto «The Scandal of the Semi-Churched», escrito por el pastor y teólogo Kevin DeYoung y publicado originalmente en Clearly Reformed. Puede leer el artículo en ingles en el sigiente enlance: https://clearlyreformed.org/the-scandal-of-the-semi-churched/

Hace tiempo que quiero escribir este artículo, pero no sabía bien cómo decir lo que, a mi parecer, hace falta decir. El peligro del legalismo y de la falsa culpa es muy real. Pero también lo es el peligro de la desobediencia y del autoengaño.

Quiero hablar de los miembros que asisten con muy poca regularidad a su propia iglesia. No me refiero a quienes nunca han formado parte de una iglesia, ni a quienes la han dejado, ni a quienes apenas han tenido contacto con ella. Hablo de los que se congregan a medias. Van de vez en cuando, pero no todas las semanas. Aparecen y desaparecen. Un domingo están y los dos siguientes, no. Ese es el escándalo de los que se congregan a medias. De hecho, Thom Rainer sostiene que la razón principal por la que ha disminuido la asistencia a las iglesias es que sus propios miembros ya no asisten con la misma frecuencia que antes.

Probablemente haya «cristianos de Navidad y Pascua» desde que se celebran la Navidad y la Pascua. Siempre habrá quienes asistan de vez en cuando. Pero no me refiero a los cristianos nominales que se dejan ver por la iglesia una o dos veces al año. Hablo de personas que se tomaron la molestia de hacerse miembros de una iglesia, que están a gusto en ella, que no tienen ninguna queja en particular y que, aun así, apenas ponen un pie allí una o dos veces al mes. En las iglesias donde la lista de miembros es mucho más larga que la asistencia promedio de un domingo, o los pastores descuidan su deber de cuidar del rebaño, o los miembros faltan a sus compromisos, o ambas cosas a la vez.

Ya sé que «nosotros somos la iglesia» y que, por tanto, «no vamos a la iglesia» (bla, bla, bla), pero ponernos quisquillosos con las palabras no cambia la exhortación de Hebreos 10:25. No debemos dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre. Reunirnos cada Día del Señor con nuestra familia de la fe es uno de los pilares de la madurez cristiana.

Así que hazte estas preguntas.

1. ¿Has hecho de congregarte con tu familia un hábito innegociable?

¿Te ha pasado que te despiertas pensando «quizás hoy salga a correr» o «tal vez prepare tostadas francesas para desayunar»? Congregarse no debería ser así. No es algo que uno haga «si me dan ganas». Siempre agradeceré que, para mis padres, ir a la iglesia por la mañana y por la noche fuera una costumbre que se respetaba. No era tema de discusión. Tampoco dependía de qué otras cosas surgieran. Nunca había un «tal vez». Íbamos a la iglesia. Eso era lo que hacíamos. Así de sencilla era la decisión cada domingo, porque, en realidad, ya estaba tomada. A menos que estuviéramos muy enfermos, allí estaríamos. Darle a tu familia esa misma costumbre es un regalo que quizá hoy no valore, pero que muy probablemente te agradecerá más adelante.

2. ¿Te preparas desde el sábado para darle prioridad a congregarte el domingo?

Todos tenemos mucho que hacer, y a veces cuesta llegar a la iglesia, sobre todo cuando la casa está llena de niños. Difícilmente aprovecharemos bien el domingo si no nos preparamos desde el sábado. Probablemente eso implique terminar las tareas escolares, acostarnos a buena hora y perdernos algún partido de fútbol americano. Si dejas la iglesia para lo último, cuando por fin te acuerdes de ella ya será demasiado tarde.

3. ¿Organizas tus viajes para faltar lo menos posible a tu iglesia los domingos?

No quiero ser legalista al hacer esta pregunta. Yo mismo he viajado en domingo, aunque procuro evitarlo. Entre las vacaciones y los permisos de estudio, falto ocho o nueve domingos al año a mi iglesia, URC. Entiendo que vivimos en una sociedad en la que la gente viaja mucho. Entiendo que uno quiera visitar a sus hijos y nietos los fines de semana. ¡Y cuánto agradezco que los nuestros vengan a visitarnos! Atrás quedaron los días en que la gente pasaba en su ciudad entre cincuenta y cincuenta y dos semanas al año. Hoy es muy fácil viajar, y nuestras familias viven lejos unas de otras.

Pero, con todo, bien podemos hacer un esfuerzo por estar presentes el domingo. Tal vez puedas pedir libre el viernes para visitar a tus hijos y estar de vuelta el sábado por la noche. Quizá convenga pensarlo dos veces antes de invertir en una segunda casa que te mantendrá lejos de tu iglesia una docena de fines de semana al año. Tal vez tengas que reconsiderar esa idea de que, desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde, todo ese tiempo es tuyo para hacer lo que quieras, donde quieras. Es casi imposible crecer en amor por tu iglesia y servir bien a tus hermanos si faltas con frecuencia.

4. ¿Estás dispuesto a hacer sacrificios para reunirte con el pueblo de Dios y adorar juntos cada domingo?

«Pero no esperarás que cancele mis planes del sábado por la noche, ¿verdad? Me es imposible cambiar mi horario de trabajo. En este empleo tengo que trabajar todos los domingos. Para congregarme con regularidad tendría que buscar otro trabajo. El domingo es el día que tengo para descansar. Si voy a la iglesia todas las semanas, no me va a dar tiempo de terminar todo lo que hay que hacer en el jardín. Mis hijos no podrán jugar al fútbol si faltamos a los partidos del domingo. Y si tengo que terminar las tareas para el domingo, ya no podré pasarme el viernes por la noche y todo el sábado descansando. ¡Seguro que Dios no querrá que sacrifique tanto solo para ir a la iglesia!».

Eso no suena mucho al camino de la cruz, ¿verdad?

5. ¿Has considerado la posibilidad de que no seas cristiano?

Quién sabe a cuántos salva Dios «como por fuego» (1 Corintios 3:15). ¿Te hace cristiano ir a la iglesia todas las semanas? Por supuesto que no. ¿Significa que no eres cristiano si faltas treinta y cinco domingos al año? Al menos da motivo para hacerse la pregunta. Los que pertenecen al pueblo de Dios aman estar con sus hermanos. Les encanta cantar alabanzas, participar del banquete de la Mesa del Señor y recibir el alimento de las Escrituras. Congregarse con poca frecuencia —y me refiero a esos domingos en que no asistes a ninguna iglesia— es, en el mejor de los casos, señal de inmadurez y, en el peor, de incredulidad. Porque cada vez que Dios llama a alguien a salir de las tinieblas, también lo llama a formar parte de la iglesia. Si en el culto del domingo se reúne la comunidad de los redimidos, ¿qué le dice a Dios tu manera de pasar los domingos acerca de dónde está tu verdadero sentido de pertenencia?

Deja una respuesta