Una perspectiva bíblica del ministerio pastoral

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Pastor Carlos Perez M.A.T

Levítico 10 nos recuerda que Dios ha regulado la adoración que Su pueblo debe ofrecerle. La muerte de Nadab y Abiú demuestra que no debemos acercarnos al Señor con presunción, descuido o negligencia, sino conforme a lo que Él ha revelado en Su Palabra. Dios es perfectamente santo y demanda ser honrado por todos los que se acercan a Su presencia.

Sin embargo, los versículos 8–20 también abren una ventana que nos permite contemplar algunos principios importantes acerca de la naturaleza del ministerio pastoral. Aunque los pastores no son sacerdotes en el sentido levítico —pues Jesucristo es el único, perfecto y suficiente Sumo Sacerdote de Su pueblo—, las responsabilidades de Aarón y sus hijos nos ayudan a comprender mejor el propósito de quienes sirven a la iglesia mediante el ministerio de la Palabra.

En primer lugar, el pastor tiene la responsabilidad de velar para que la iglesia funcione conforme a la Palabra de Dios. Los sacerdotes debían mantenerse sobrios para poder distinguir entre lo santo y lo profano, entre lo limpio y lo inmundo. También tenían la responsabilidad de asegurarse de que los sacrificios fueran presentados de acuerdo con las instrucciones del Señor.

De manera semejante, los pastores deben ser hombres sobrios, prudentes y espiritualmente discernidores. Dios les ha encomendado cuidar la doctrina, la adoración y la vida de la congregación, procurando que cada área de la iglesia sea gobernada por la autoridad de las Escrituras y no por las preferencias humanas, las tradiciones o las presiones culturales.

Además, los sacerdotes tenían la responsabilidad de enseñar al pueblo los estatutos de Dios. No solamente presentaban sacrificios; también interpretaban la Ley y la aplicaban a la vida del pueblo. De la misma manera, la función principal del pastor es enseñar fielmente todo el consejo de Dios. Por medio de la exposición de las Escrituras, el pastor ayuda a la iglesia a conocer lo que Dios demanda, comprender la esperanza que tenemos en Cristo y estar preparada para cumplir la misión que el Señor le ha encomendado.

Pero Levítico 10 también nos recuerda la verdadera humanidad de quienes sirven al Señor. Los sacerdotes tenían necesidades físicas que debían ser atendidas. Por esa razón, Dios había dispuesto que recibieran una porción de las ofrendas para su sustento. A pesar de haber sido escogidos por Dios y de servir cerca de Su presencia, continuaban siendo hombres limitados y necesitados.

Además, los sacerdotes debían presentar sacrificios por sus propios pecados. Ellos también necesitaban perdón, reconciliación y gracia. De la misma manera, los pastores son hombres débiles y finitos que dependen diariamente de la gracia de Dios. El llamado pastoral no elimina su humanidad ni los hace inmunes al cansancio, al sufrimiento, a la tentación o al pecado.

Esta realidad demanda que la iglesia evite dos errores. El primero es idolatrar a sus pastores, colocándolos en un pedestal, siguiendo ciegamente sus opiniones o atribuyendo a sus palabras la misma autoridad e inerrancia de las Escrituras. La autoridad pastoral es real, pero también es delegada. Por tanto, las enseñanzas y los consejos de un pastor son autoritativos solamente cuando son consistentes con la Palabra revelada de Dios.

El segundo error es deshonrar y deshumanizar a los pastores. La Biblia manda a la iglesia a reconocer, estimar y amar a quienes trabajan diligentemente en su cuidado espiritual. La iglesia deshumaniza a sus pastores cuando les impone expectativas irreales, ignora sus limitaciones o espera que estén disponibles para serlo todo para todos. Ningún pastor puede ocupar el lugar que solamente le corresponde a Cristo.

El equilibrio necesario se encuentra en hacer de Cristo el centro de nuestros afectos. Cuando Cristo ocupa el lugar supremo, aprendemos a honrar a nuestros pastores sin idolatrarlos, escucharlos sin seguirlos ciegamente, examinarlos bíblicamente sin despreciarlos y cuidarlos sin justificar sus pecados.

Una iglesia madura ama a sus pastores como dones de Dios, pero nunca olvida que ellos también necesitan la gracia que predican. Sobre todo, recuerda que el Pastor supremo, perfecto y suficiente de la iglesia no es ningún hombre, sino nuestro Señor Jesucristo.

Preguntas de Estudio

  1. ¿Qué nos enseña Levítico 10:1–3 acerca de la santidad de Dios y de la responsabilidad de quienes se acercan a Él para servirle?
  2. ¿Qué aspectos de continuidad y discontinuidad existen entre el sacerdocio levítico y el ministerio pastoral del Nuevo Pacto? ¿Por qué es importante afirmar que Cristo es el único y perfecto Sumo Sacerdote?
  3. Según Levítico 10:8–11, ¿por qué la sobriedad era indispensable para los sacerdotes? ¿Cómo se relaciona este principio con los requisitos pastorales de 1 Timoteo 3:1–3?
  4. ¿Qué significa, en la práctica, que un pastor debe velar para que la doctrina, la adoración y la vida de la iglesia funcionen conforme a la Palabra de Dios?
  5. ¿Por qué la enseñanza fiel de las Escrituras debe ocupar un lugar central en el ministerio pastoral? ¿Cómo complementan esta verdad Levítico 10:11, 1 Timoteo 3:2 y Efesios 4:11–12?
  6. ¿De qué manera el sustento provisto para Aarón y sus hijos en Levítico 10:12–15 revela que Dios reconoce y atiende la humanidad y las necesidades de quienes sirven a Su pueblo?
  7. ¿Cómo debe influir la humanidad, debilidad y necesidad de gracia del pastor en las expectativas que una congregación tiene acerca de él y de su familia?
  8. ¿Cuáles son algunas formas visibles o sutiles en que una iglesia puede idolatrar a su pastor? ¿Cómo puede examinar bíblicamente sus enseñanzas sin caer en una actitud irrespetuosa?
  9. ¿Cómo puede una congregación deshonrar o deshumanizar a sus pastores mediante expectativas irreales? ¿Qué responsabilidades tiene la iglesia en cuanto a honrarlos, cuidarlos y sostenerlos?
  10. ¿Cómo nos ayuda la centralidad de Cristo a evitar tanto la idolatría como la deshonra pastoral? ¿Qué cambios prácticos debería producir esta verdad en la relación entre los pastores y la congregación?

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