Levitico 6:24-7
Pastor: Carlos Perez M.A.T BC
La paz con Dios es una de las bendiciones más gloriosas del evangelio. Sin embargo, esta paz no surge del esfuerzo humano, de nuestras buenas obras ni de nuestros sentimientos religiosos. Solamente es posible por medio de Jesucristo, quien es el fundamento de nuestra reconciliación con Dios.
En los mensajes anteriores consideramos la suficiencia de Cristo como el Cordero de Dios y como el único Mediador entre Dios y los hombres. Su sacrificio fue perfecto, definitivo y suficiente para obtener redención eterna para todos los que creen. Además, por la perfección de su persona, su divina unción y su completa consagración a la voluntad del Padre, solamente por medio de Él podemos acercarnos a Dios y ofrecerle una adoración aceptable.
En Levítico 6:24 comienza la última sección de la unidad dedicada a los sacrificios, la cual se extiende hasta el final del capítulo 7. En esta sección, Dios da a los sacerdotes instrucciones relacionadas con tres sacrificios específicos: la ofrenda por el pecado, la ofrenda por la culpa y la ofrenda de paz.
Aunque cada una tenía un propósito particular, al considerarlas en conjunto encontramos un mensaje profundamente significativo: no puede haber verdadera paz con Dios mientras el problema del pecado no haya sido resuelto. Antes de disfrutar de la comunión representada por la ofrenda de paz, era necesario tratar con la corrupción y la culpa producidas por el pecado.
La necesidad de purificación
Las ofrendas por el pecado y por la culpa eran llamadas “cosas santísimas”. Por esta razón, debían ser tratadas con reverencia y cuidado. La sangre de los sacrificios no podía manejarse de manera negligente. Si una porción de ella salpicaba la ropa del sacerdote, aquella prenda debía lavarse en un lugar santo. Estos requisitos mostraban el carácter sagrado del sacrificio y la gravedad del pecado.
Para el lector moderno, estas instrucciones pueden parecer complicadas o innecesarias. Sin embargo, no eran arbitrarias. Dios las estableció para mostrar que el pecado contamina y que el ser humano necesita ser purificado continuamente.
El pecado es mucho más que una acción contraria a la ley de Dios. Es una fuerza corruptora que afecta la totalidad de la persona. Corrompe nuestros pensamientos, inclina nuestra voluntad hacia el mal y desordena nuestros afectos. Por esta razón, el pueblo de Israel necesitaba presentar ofrendas de purificación.
Aquellos sacrificios ofrecían una purificación ceremonial que permitía al pueblo permanecer dentro de la comunidad del pacto y acercarse a Dios. Sin embargo, eran una solución temporal que señalaba hacia una necesidad mucho más profunda. No podían transformar permanentemente el corazón ni quitar de manera definitiva la contaminación del pecado.
Cristo vino para hacer lo que aquellos sacrificios solamente podían representar. Hebreos 1:3 declara que, después de efectuar la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Su sacrificio no necesita repetirse, porque fue completamente eficaz.
Por medio de Cristo no solamente somos aceptados delante de Dios, sino que también comienza en nosotros una obra progresiva de purificación. El mismo Salvador que nos justifica obra por medio de su Espíritu y su Palabra para transformar nuestros pensamientos, deseos, afectos y conducta.
Cristo quita nuestra culpa
La ofrenda por la culpa tenía muchas semejanzas con la ofrenda por el pecado, pero enfatizaba un aspecto particular de nuestra condición: la deuda que el pecador ha contraído delante de la justicia de Dios.
La culpa bíblica es más que un sentimiento desagradable. Una persona puede sentirse culpable sin haber cometido una falta real, o puede no sentir culpa a pesar de haber pecado gravemente. Por eso, la culpa no debe definirse principalmente por nuestras emociones.
La culpa es la responsabilidad moral y judicial que recae sobre una persona por haber transgredido la ley de Dios. El pecador es culpable porque ha quebrantado una norma divina y, como consecuencia, se encuentra bajo la justa condenación de Dios. El problema no es solamente que nos sintamos mal, sino que tenemos una deuda que no podemos pagar y una condenación de la cual no podemos librarnos por nuestros propios esfuerzos.
Para que existiera paz con Dios, no solamente era necesario tratar con la contaminación del pecado. También era necesario satisfacer plenamente la justicia divina. La deuda debía ser pagada y la culpa debía ser quitada.
Esto es precisamente lo que Cristo hizo en la cruz. Él se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto y sin mancha. Tomó sobre sí la condenación que nosotros merecíamos y satisfizo completamente las demandas de la justicia de Dios.
Hebreos 9:13–14 enseña que, si los sacrificios del Antiguo Pacto producían una purificación externa y ceremonial, la sangre de Cristo puede hacer algo mucho mayor: purificar nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo.
Cristo es, por tanto, el Príncipe de Paz porque Él mismo es el fundamento de nuestra paz. Su sacrificio purifica la contaminación del pecado, quita nuestra culpa y satisface la justicia de Dios. Gracias a Él, quienes creen ya no se acercan a Dios como enemigos condenados, sino como hijos perdonados y reconciliados.
La verdadera paz con Dios no se encuentra ignorando el pecado, tratando de compensarlo con buenas obras o buscando otro mediador. Se encuentra solamente en Cristo. Él hizo todo lo necesario para reconciliarnos con Dios y conducirnos a una comunión verdadera, segura y permanente con nuestro Padre celestial.
Preguntas de Estudio en Ingles y Español
- ¿Por qué la paz con Dios no puede obtenerse mediante nuestras buenas obras, méritos o sentimientos religiosos?
- ¿Qué nos enseña el orden de las ofrendas por el pecado, por la culpa y de paz acerca de la comunión con Dios?
- ¿Por qué las ofrendas por el pecado y por la culpa eran consideradas “cosas santísimas”?
- ¿Qué revelaban las instrucciones relacionadas con la sangre acerca de la santidad de Dios y la gravedad del pecado?
- ¿De qué maneras el pecado corrompe nuestros pensamientos, nuestra voluntad y nuestros afectos?
- ¿Cuál era la limitación de la purificación ofrecida por los sacrificios del Antiguo Pacto?
- ¿Cómo cumple Cristo de manera definitiva lo que las ofrendas por el pecado solamente podían representar?
- ¿Cuál es la diferencia entre sentirse culpable y ser verdaderamente culpable delante de Dios?
- ¿Cómo satisfizo el sacrificio de Cristo las demandas de la justicia divina?
- Según Hebreos 9:13–14, ¿con qué propósito purifica Cristo nuestra conciencia de obras muertas?
10 Study Questions in English
- Why can peace with God not be obtained through our good works, personal merit, or religious feelings?
- What does the order of the sin, guilt, and peace offerings teach us about fellowship with God?
- Why were the sin offering and the guilt offering described as “most holy”?
- What did the instructions concerning the blood teach about God’s holiness and the seriousness of sin?
- In what ways does sin corrupt our thoughts, will, and affections?
- What was the limitation of the purification provided by the sacrifices of the Old Covenant?
- How did Christ permanently accomplish what the sin offerings could only represent?
- What is the difference between feeling guilty and being truly guilty before God?
- How did Christ’s sacrifice satisfy the demands of divine justice?
- According to Hebrews 9:13–14, for what purpose does Christ cleanse our conscience from dead works?
