Pastor. Carlos A. Perez M.A.T
En una ocasión, el Señor Jesucristo enseñó a sus discípulos acerca de la necesidad de orar siempre y no desmayar. Para ilustrar esta verdad, relató la parábola de una viuda persistente que, a pesar de su vulnerabilidad, acudía una y otra vez ante un juez injusto. Este juez no temía a Dios ni respetaba a los hombres, pero finalmente accedió a su petición simplemente para librarse de su insistencia.
A partir de esta escena, Jesús dirige nuestra atención a una verdad mayor: si aun un juez injusto responde ante la persistencia, cuánto más nuestro Dios —justo, santo y misericordioso— responderá a aquellos que claman a Él día y noche. Así, aprendemos que la oración no es un acto ocasional, sino la expresión constante de una fe que depende completamente de Dios .
Esta enseñanza encuentra eco en las palabras del apóstol Pablo en Colosenses 4:2: “Perseverad en la oración”. Este llamado no es una sugerencia, sino un mandato que refleja la voluntad de Dios para sus hijos: vivir en constante comunión y dependencia de Él. A lo largo del Nuevo Testamento, Pablo insiste en esta verdad, recordándonos que la oración debe caracterizar toda la vida cristiana.
Sin embargo, la realidad es que muchas veces descuidamos esta disciplina. La raíz de este descuido se encuentra en la persistente influencia del pecado en nuestros corazones, que nos inclina a vivir con autosuficiencia. Jesús mismo advirtió a sus discípulos en Getsemaní sobre el peligro de no orar: la falta de oración nos expone a la tentación. Por tanto, perseverar en la oración no es opcional, sino esencial para la vida espiritual.
Además, nuestra necesidad de orar surge de nuestra dependencia total de la gracia de Dios. Los mandatos del evangelio revelan la vida a la que hemos sido llamados, pero también evidencian nuestra incapacidad para vivirla en nuestras propias fuerzas. La oración, entonces, se convierte en el medio por el cual buscamos no solo provisión material, sino la gracia necesaria para vivir de una manera que honre a Dios en toda circunstancia.
Ahora bien, no solo es importante orar, sino también cómo oramos. La oración no debe ser una práctica fría o mecánica, sino una expresión viva de adoración. Así como en el Antiguo Testamento el fuego del altar debía arder continuamente, la adoración del creyente hoy debe ser constante. Y una de las maneras principales en que expresamos esa adoración es a través de la oración.
En primer lugar, debemos orar motivados por la obediencia a la Palabra de Dios. Muchas veces, nuestra oración se vuelve superficial porque está impulsada principalmente por el deseo de recibir algo de Dios. Sin embargo, la motivación correcta es el amor a Dios, expresado en obediencia. Aun cuando nuestra voluntad se resiste, es nuestro amor por Él y la convicción de que Cristo es el Señor lo que nos lleva a doblar nuestras rodillas en humilde dependencia.
En segundo lugar, debemos orar con un sentido de urgencia. Pablo nos exhorta no solo a perseverar, sino también a velar en oración. Esto implica estar espiritualmente alerta, conscientes del pecado que aún mora en nosotros, de las tentaciones del mundo y de las estrategias del enemigo. Orar con urgencia es reconocer que necesitamos continuamente la gracia de Dios para permanecer firmes en Cristo.
Finalmente, nuestras oraciones deben estar marcadas por la gratitud. A lo largo de la carta a los Colosenses, Pablo enfatiza repetidamente la importancia de dar gracias. La gratitud es una expresión de confianza en la suficiencia de Cristo y de humildad en el corazón regenerado. No se trata simplemente de decir “gracias”, sino de reconocer la bondadosa providencia de Dios y someternos con gozo a su voluntad, incluso cuando no coincide con la nuestra.
De hecho, la gratitud que produce el evangelio guarda nuestro corazón de ver a Dios como un medio para alcanzar un fin. Cuando nuestras oraciones carecen de acción de gracias, revelan un corazón más interesado en las bendiciones que en el Benefactor. Pero la verdadera gratitud nos lleva a deleitarnos en Dios mismo.
Finalmente, nuestra seguridad al orar no descansa en nosotros, sino en Cristo. Él es el Señor soberano de la creación y la revelación perfecta del carácter inmutable de Dios. Por medio de Él, podemos acercarnos con confianza, sabiendo que Dios escucha y responde conforme a su perfecta voluntad.
Así, la vida de oración no es solo una disciplina, sino una evidencia de una relación viva con Dios una vida marcada por dependencia, adoración, urgencia y gratitud.
