Colosenses 3:20-21
Pastor: Carlos Perez M.A. T
En Colosenses 3:20–21, el apóstol Pablo nos muestra cómo el evangelio transforma también la relación entre padres e hijos. Después de hablar sobre el matrimonio, ahora aplica el señorío de Cristo al hogar, recordándonos que la fe cristiana no es teórica: se refleja en la manera en que nos tratamos unos a otros.
El orden del pasaje es importante. Primero, nuestra relación con Dios; luego, el matrimonio; y después, la relación entre padres e hijos. Cuando este orden se pierde, las relaciones familiares se debilitan. Pero cuando Cristo ocupa su lugar como Señor, el hogar encuentra estabilidad y propósito.
La relación entre padres e hijos presupone algo fundamental: Dios ha delegado autoridad a los padres. Cuando Pablo dice: “Hijos, obedeced a vuestros padres”, establece tanto la responsabilidad de los hijos como la responsabilidad solemne de los padres. La autoridad no proviene de la cultura ni del Estado, sino de Dios. Por lo tanto, debe ejercerse de manera que refleje Su carácter: con justicia, amor y dominio propio.
Sin embargo, el corazón humano tiende a dos extremos: abdicar la autoridad o abusar de ella. Algunos padres rehúsan corregir; otros corrigen con dureza y provocan desánimo. El evangelio nos libera de ambos extremos, capacitándonos para ejercer autoridad bajo el señorío de Cristo.
A los hijos, Dios les habla directamente. No son espectadores pasivos, sino responsables delante del Señor. Su llamado es claro: obedecer “en todo”. La obediencia bíblica no es selectiva ni condicionada por el estado de ánimo. Es una respuesta consciente que honra a Dios, porque “esto es agradable al Señor”. Obedecer a los padres es parte de vivir conforme al carácter moral de Dios revelado en Su Palabra.
A los padres, Dios les da una advertencia seria: “No exasperéis a vuestros hijos”. Exasperar es provocar hasta el punto de desanimar o frustrar profundamente. Esto ocurre cuando corregimos movidos por orgullo, ira o frustración pecaminosa, cuando imponemos cargas injustas o cuando disciplinamos sin amor. La corrección bíblica no es descarga emocional; es entrenamiento redentor.
Efesios 6:4 amplía esta verdad: debemos criar a nuestros hijos “en la disciplina e instrucción del Señor”. Criar implica llevar de la inmadurez a la madurez. Y eso requiere entrenamiento constante: formar una cosmovisión cristiana, enseñar obediencia a la Palabra y corregir con amor los patrones pecaminosos.
En resumen, padres e hijos que viven bajo el señorío de Cristo reflejan el poder transformador del evangelio. Los hijos obedecen porque desean agradar al Señor. Los padres ejercen autoridad no para dominar, sino para formar corazones que teman y amen a Dios. Así, el hogar se convierte en un escenario donde la gracia de Cristo se hace visible día tras día.
