Colosenses 3:17–4:1
Pastor Carlos Perez Th.M, M.A.T -BC.
Esta mañana retomamos nuestra serie expositiva en la carta del apóstol Pablo a los Colosenses, enfocándonos en el capítulo 3:17–4:1. Después de una breve pausa, es necesario recordar el contexto para no perder la continuidad del argumento. En este capítulo hemos aprendido que el cambio verdadero no comienza con esfuerzo humano, sino con una nueva posición en Cristo. Por gracia hemos sido reconciliados, justificados y adoptados, y desde esa nueva identidad el Espíritu Santo produce nuevas disposiciones en nuestro corazón. Pablo ha señalado evidencias visibles de esa gracia: perdonarnos como Cristo nos perdonó, amarnos como hemos sido amados y vivir con gratitud en lugar de queja. Estas no son simples virtudes morales, sino el fruto de una vida transformada por el evangelio.
En el versículo 17 el apóstol amplía aún más el alcance de esta transformación al declarar: “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre.” Este mandato es exhaustivo; abarca cada área de la vida. La gracia que cambia el corazón nos capacita para vivir vidas centradas en la persona y la gloria de Cristo. Y una de las áreas donde esta centralidad se hace más evidente es en el matrimonio. Bajo el título “Matrimonios que Perduran”, consideramos que los matrimonios que no solo sobreviven sino que florecen a pesar del pecado remanente y de las circunstancias difíciles son aquellos donde Cristo es verdaderamente Señor.
Pablo enseña primero que las esposas están llamadas a sujetarse voluntariamente a sus esposos. Este mandato no implica inferioridad, abuso ni una construcción cultural impuesta; es la expresión del diseño de Dios para el matrimonio. En Efesios 5, Pablo fundamenta esta enseñanza teológicamente al comparar el matrimonio con la relación entre Cristo y su iglesia. La clave está en la frase “como al Señor”. La sujeción cristiana no nace del miedo ni de la presión social, sino de una obediencia gozosa a Cristo. Cuando una mujer redimida apoya y respeta el liderazgo amoroso de su esposo, está manifestando su propia sujeción al señorío de Cristo. Además, esta disposición es fruto de la gracia salvadora que revierte los efectos de la caída descritos en Génesis 3, donde la lucha por el control y el dominio distorsionó la relación matrimonial. En Cristo, esa distorsión puede ser redimida, y la sumisión deja de ser una carga para convertirse en una expresión de confianza en el Señor.
Por otro lado, Pablo exhorta a los esposos a amar intencionalmente a sus esposas y a no ser ásperos con ellas. El llamado al esposo no es ejercer dominio, sino reflejar el amor sacrificial de Cristo. Efesios 5:25 establece el modelo: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella.” El liderazgo bíblico es amoroso y servicial; no busca lo que puede recibir, sino cómo puede servir física, emocional y espiritualmente. La advertencia contra la aspereza señala que el liderazgo cristiano no debe ejercerse desde la amargura ni la dureza. Además, el esposo solo puede liderar correctamente si él mismo está sometido a Cristo. Como enseña 1 Pedro 3:7, debe convivir con comprensión, honrar a su esposa como coheredera de la gracia y recordar que su trato hacia ella afecta incluso su comunión con Dios.
En conclusión, los matrimonios que perduran no son matrimonios perfectos, sino matrimonios donde ambos cónyuges están rendidos al señorío de Cristo. Allí donde la esposa expresa su confianza en Cristo mediante una sujeción voluntaria y el esposo refleja el amor de Cristo mediante un liderazgo sacrificial, el evangelio se hace visible. Cuando Cristo ocupa el centro, la lucha por el poder es reemplazada por el servicio, la dureza por la ternura y el egoísmo por la entrega. Así, el matrimonio se convierte en una exhibición viva de la gracia que no solo nos salva, sino que también nos transforma y sostiene día tras día.
