Viviendo en la Gracia y por su Gracia.

Pastor. Carlos A. Perez. Th.M, M.A.T-BC

Colosenses 3:12-15

El capítulo 3 de Colosenses puede leerse como un manual práctico de la vida cristiana. En él, el apóstol Pablo nos recuerda que la gracia de Dios no solo nos salva, sino que transforma profundamente la manera en que vivimos. Los efectos de esa gracia no son invisibles; se manifiestan de forma clara en nuestra relación con Dios y con los demás.

Pablo comienza recordándonos en el versículo 12 quiénes somos en Cristo: escogidos, santos y amados. Estas palabras no describen lo que hemos logrado, sino lo que Dios ha hecho por nosotros. Hemos sido escogidos por Su voluntad soberana, apartados para Él y hechos objetos de Su amor inmutable. Esta es nuestra nueva posición, y de ella fluye toda la vida cristiana.

Piensa por un momento en las implicaciones de esta verdad. Muchas veces la falta de gozo y propósito en la vida surge cuando olvidamos esta realidad. Vivimos como si nuestra identidad dependiera de nuestro desempeño, cuando en verdad descansa en la gracia de Dios. No vivimos para ganar Su favor; vivimos porque ya lo hemos recibido en Cristo.

Pero la gracia no solo nos da una nueva posición; también produce una transformación interna. El Espíritu Santo genera en nosotros nuevos afectos. Donde antes había ira, enojo y hostilidad, ahora Dios forma compasión, bondad, humildad y mansedumbre. Él no simplemente adormece los afectos desordenados, sino que los mortifica y los reemplaza con otros que reflejan Su carácter.

La tierna compasión nos mueve a acercarnos al dolor ajeno con misericordia. La bondad nos impulsa a hacer el bien de manera deliberada, aun cuando no haya reconocimiento o reciprocidad. La humildad nos permite vernos correctamente delante de Dios, como personas totalmente dependientes de Su gracia. Y la mansedumbre nos capacita para responder con paciencia y dominio propio, incluso en medio de la provocación.

Todo esto es posible porque Dios tuvo compasión de nosotros cuando estábamos espiritualmente muertos y nos salvó por pura gracia. Por eso, el llamado de este pasaje es claro: vivir en Su gracia y vivir por Su gracia, permitiendo que la Palabra de Cristo gobierne nuestros corazones y forme en nosotros afectos que honren a Dios.


Para meditar

  • ¿Estoy viviendo a la luz de mi posición en Cristo o desde el olvido de ella?
  • ¿Qué afectos están dominando mis reacciones diarias?
  • ¿Cómo puedo reflejar hoy la compasión y bondad que Dios ha tenido conmigo?

La gracia que nos salvó es la misma gracia que nos transforma cada día.

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