Cómo cambiar de verdad: Mortificación y Renovación en Cristo.

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Pastor. Carlos Perez. Th. M

Colosenses 3:5–11

El inicio de un nuevo año suele despertar en nosotros un sentido renovado de expectativa: nuevos comienzos, nuevas metas, nuevas esperanzas. Muchas personas hacen “resoluciones” con el deseo de cambiar algo importante: hábitos, prioridades, salud, relaciones. Sin embargo, con frecuencia esas resoluciones terminan revelando una realidad frustrante: no siempre tenemos la fuerza, la constancia o la motivación para sostener aquello que empezamos con entusiasmo.

La Escritura nos enseña que la vida cristiana también tiene “resoluciones”, pero no basadas en la emoción del momento ni en la autosuficiencia, sino en una realidad espiritual poderosa: una vida resucitada con Cristo. En Colosenses 3, Pablo nos muestra que el creyente no está llamado a cambiar por pura disciplina humana, sino a vivir de acuerdo con lo que ya es en Cristo: alguien que murió al viejo dominio del pecado y ha sido levantado a una nueva vida.

La verdad central del pasaje es clara: la adoración en la práctica se manifiesta en una vida dedicada a la mortificación constante del pecado y a la renovación progresiva del nuevo hombre.

1) La continua mortificación del pecado (vv. 5–9)

Después de afirmar que hemos muerto con Cristo y que nuestra vida está escondida en Él (Col 3:1–4), Pablo comienza con un mandato directo:

“Haced morir…” (v. 5)

Este imperativo no aparece “de la nada”; se desprende lógicamente del evangelio. Si Cristo nos ha unido a Él en su muerte y resurrección, entonces la vida cristiana no puede consistir en conservar pacíficamente los mismos pecados que antes dominaban nuestro corazón.

¿Qué es mortificar el pecado?

La mortificación es la ocupación constante del creyente, por el poder del Espíritu Santo, mediante la cual debilitamos y damos muerte a los pecados que todavía buscan expresarse en nosotros. No es un evento aislado; es una lucha diaria que acompaña toda la vida cristiana.

Pablo menciona pecados que abarcan tanto la esfera de lo sexual como lo interior y lo verbal: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, avaricia (idolatría), ira, malicia, calumnia, lenguaje corrompido y mentira (vv. 5, 8–9). Estas listas no son exhaustivas, sino representativas: muestran cómo el pecado invade todas las áreas del ser humano.

¿Por qué debemos mortificar el pecado?

A) Porque todavía hay remanente de pecado en nosotros
Aunque hemos sido liberados del dominio del pecado, todavía queda en nosotros un remanente que lucha por manifestarse. Esto trae consuelo: el creyente lucha porque está vivo espiritualmente. La batalla no prueba ausencia de fe; prueba la realidad de una nueva vida que ya no puede vivir en paz con el pecado.

B) Porque el pecado es rebelión contra la ley moral de Dios
El pecado no es solo “un error” o “una debilidad humana”; es una insurrección del corazón contra el Dios santo. Por eso Pablo llama a la avaricia “idolatría”: cuando un deseo gobierna mi vida, ocupa el lugar de Dios.

C) Porque el pecado provoca la ira de Dios (v. 6)
La ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia. Y aunque el creyente ya no está bajo la ira condenatoria (Cristo la llevó en nuestro lugar), eso no significa que el pecado sea liviano. La Escritura también enseña que podemos entristecer al Espíritu Santo y experimentar el desagrado paternal de Dios, quien disciplina a sus hijos para corregirlos, no para destruirlos.

D) Porque una vida de rebelión contradice nuestra nueva identidad (v. 7)
Pablo habla de esos pecados en tiempo pasado: “en otro tiempo anduvisteis en ellas”. Esa era la antigua identidad. En Cristo, hemos recibido una nueva orientación del corazón. Decir “todos pecamos” nunca puede convertirse en excusa para vivir en patrones de pecado.

Aplicación sencilla:
La pregunta no es si todavía luchamos; la pregunta es si estamos peleando o si estamos justificando. La gracia no nos da permiso para pecar; nos capacita para combatir.


2) La continua renovación del nuevo hombre (vv. 10–11)

La mortificación no ocurre en el vacío. Pablo no solo nos manda “hacer morir”; también nos enseña que el creyente está siendo renovado:

“Os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando…” (vv. 9–10)

La victoria sobre el pecado no se sostiene únicamente con “decisiones”; se sostiene con una transformación continua del corazón y la mente.

Los pilares de la renovación

A) La suficiencia de la obra de Cristo
Cristo murió, resucitó, ascendió y está sentado a la diestra del Padre. Eso significa que su obra es completa y aceptada. Nuestra esperanza para vencer el pecado no descansa en nuestra virtud, sino en la victoria de Cristo aplicada por la fe.

B) La realidad del nuevo nacimiento
El “nuevo hombre” no es una versión mejorada del viejo; es una nueva realidad creada por la gracia. Dios no solo nos perdona; nos rehace. Por eso la renovación es posible: el creyente ahora tiene una nueva naturaleza y un nuevo poder para obedecer.

Los medios de la renovación

1) Renovación de la mente por la Palabra (v. 10)
El texto habla de renovación hacia un “verdadero conocimiento”. En la medida en que conocemos más a Dios, somos transformados. La Palabra renueva nuestro pensamiento, reforma nuestros afectos y produce un caminar distinto. No es solo información; es transformación.

2) Renovación por la comunión con Dios
La vida cristiana no se reduce a “evitar pecados”; se trata de vivir cerca de Dios: oración, dependencia, adoración, comunión con la iglesia, confesión, rendición de cuentas. La renovación florece donde hay comunión viva con el Señor.

Conclusión: Resoluciones que sí permanecen

El mundo propone resoluciones basadas en energía emocional y disciplina personal. El evangelio nos llama a resoluciones más profundas: mortificar el pecado y renovar el nuevo hombre, no solo en enero, sino cada día.

No son resoluciones para “ganar” el favor de Dios, sino respuestas de adoración a un Dios que ya derramó abundantemente su gracia sobre nosotros en Cristo.

Si tienes preguntas acerca de este tema, no dudes en comunicarte con nosotros. Escríbenos a pibdalhart@gmail.com

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